¿Eres un agente de cambio? 6 pistas para saberlo

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Cuentan que una lechuza, desfalleciendo de sed, llegó por azar hasta una jarra situada sobre un balcón. Con pena, comprobó que el bajo nivel de agua contenida en la misma no estaba a su alcance. Sin embargo, lejos de desanimarse, fue arrojando con el pico una piedra tras otra en el fondo de la jarra, hasta que el agua subió lo suficiente como para poder beber y salvar su vida. Esta sencilla fábula me trae a la mente la situación que vive hoy la Educación en nuestro país. Políticos, padres y, sobre todo, profesores, nos quejamos continuamente del escenario educativo actual, pero pocos hacen realmente algo por mejorarlo, y en lugar de poner su grano de arena para “elevar el nivel del agua”, se tiran los trastos a la cabeza mutuamente. ¿He dicho “pocos”? En realidad, un número creciente de educadores se va sumando a una corriente que empieza a dar sus frutos y que se manifiesta con fuerza creciente: la corriente del cambio educativo, de la que ya se ha comentado en este blog.

Pero hoy quisiera centrarme en sus actores: los agentes de cambio; o lo que es lo mismo, los que con su trabajo diario lo hacen posible en las aulas. ¿Eres tú uno de ellos? Porque aunque todos, estoy seguro, desempeñamos nuestra labor con la mejor de las intenciones, no siempre estamos construyendo un futuro mejor. A continuación, te muestro 6 pistas de lo que significa ser agente del cambio educativo:

  • Pone el acento no en lo que quiere enseñar, sino en lo que sus alumnos deberían aprender. Y, desde luego, no es lo mismo. Ello supone una perspectiva muy distinta. El profesor deja de ser el centro de la clase, y el protagonismo pasa a los alumnos. Para conseguirlo, presta mucha atención, escucha, capta las señales que, continuamente, le lanzan estos últimos, y a partir de ahí, va deconstruyendo y reconstruyendo el currículum.
  • No evalúa resultados (o, cuando menos, no se centra únicamente en estos), sino procesos. Para conseguirlo, utiliza nuevos instrumentos de evaluación: rúbricas, portfolios, listas de cotejo, tablas de verificación, dianas… ¿Cuántas veces hemos dicho lo importante que es el trabajo diario… y terminamos poniendo una nota en función de un examen? Ya sabemos cómo estudian nuestros chavales: memorizan todo lo que pueden, según su capacidad, y lo vomitan en la prueba escrita, u oral, que culmina la unidad. Y ¿después qué? Pues sólo hay que echar un vistazo a las evaluaciones inciales de muchos centros para comprender que ese “aprendizaje” ha sido muy efímero.
  • Se adapta al mundo que le rodea. Y ese mundo está plagado de información instantánea, servida a través de dispositivos móviles, de herramientas digitales colaborativas, blogs, wikis, plataformas virtuales de formación, MOOC, etc. Y aprovecha todo esto para contribuir a un aprendizaje activo por parte de sus alumnos. El aprendizaje significativo, social, constructivista… todos esos apelativos cobran hoy su máxima expresión gracias a las TIC y a esas herramientas digitales.
  • Sin embargo, no lo fía todo a la tecnología: reflexiona, trabaja en equipo y produce materiales nuevos, programa de forma eficiente sus clases, se forma, busca nuevas estrategias, está conectado a diversas redes de profesorado, no se conforma con saber “de lo suyo”, sino que está abierto a otros campos del saber. En suma, no se queda estancado: el mundo tampoco se detiene y continúa ofreciendo alternativas a cada paso.
  • Aprende de sus errores y sus fracasos, se evalúa y no tiene miedo de ser evaluado, de mostrar su trabajo, de equivocarse. Porque del error nace la mejora. Si obtiene un mal resultado, busca las causas, analiza la información que tiene a su alcance y pone los medios necesarios para perfeccionar y optimizar su trabajo.
  • Se da cuenta que la interacción es positiva. Por tanto, no sienta a sus alumnos en filas de a uno, sino que busca agruparlos para que trabajen de forma cooperativa, con metas comunes y con un guión estructurado en el que cada cual tenga asignada su tarea.

Si cumples con estas premisas, o al menos, cuatro de ellas, puedes decir con tranquilidad que tú sí eres un agente de cambio. Y si no, espero haberte convencido para que te sitúes en el camino que te lleve hasta allí.

¡Suerte! Merece la pena.

 

 

 

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