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Ciclo de Kolb y diseño de tareas

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Seguramente muchos de los que leáis esta entrada ya conocéis el Ciclo de Kolb. Por si no fuera el caso, una pequeña introducción: la teoría de David Kolb destaca como protagonista del proceso de aprendizaje el papel que juega la experiencia, en contraposición a las ideas más tradicionales, las cuales parten de una teoría abstracta previa que se pondrá luego en práctica para comprobar su validez. Para Kolb, la experiencia debía ser la base de la observación y reflexión posteriores, y no la consecuencia posterior de ellas. De esta forma, siempre según Kolb, para que exista un aprendizaje eficaz, debe darse un proceso que incluye cuatro fases:

  1. Hacemos algo o tenemos una experiencia sensorial concreta y novedosa.
  2. Reflexionamos sobre la experiencia vivida, estableciendo conexiones entre lo que hicimos y los resultados que obtuvimos.
  3. Mediante dicha reflexión, extraemos y generamos conclusiones con carácter general, aplicables a contextos más amplios que los de la simple experiencia anterior.
  4. Ponemos en práctica dichas conclusiones, probando su validez y tomándolas como guía para resolver nuevos problemas que tengan alguna relación con la experiencia observada.

Completado el proceso, vuelve a reiniciarse con la primera etapa, ya que estamos llevando a cabo una nueva experiencia. Por tanto, este ciclo no es cerrado, sino que se concibe como una espiral continua.
Todo esto sirvió a Kolb para generar su Teoría del Aprendizaje Experiencial, en el que distinguía cuatro estilos de aprendizaje, según seamos “más fuertes” en una u otra fase. Esos cuatro estilos y sus características (según Vergara Cano, Carlos A. en http://goo.gl/05tdow) son:

  1. Divergente: Las personas divergentes manifiestan habilidades dominantes que se observan en las áreas de la experiencia concreta y observación reflexiva.
  2. Asimilador: Los asimiladores son expertos en áreas de abstracción, conceptualización y observación reflexiva.
  3. Convergente: Las personas con este estilo de aprendizaje poseen habilidades predominantes en las áreas de la abstracción, conceptualización y experimentación activa.
  4. Acomodador: Las personas con este tipo de aprendizaje suelen tener su fortaleza en la experiencia concreta y experimentación activa.

Con la imagen siguiente, tomada del artículo ya citado, podremos entenderlo mejor:

Las dimensiones del aprendizaje y sus 4 estilos, según Kolb
Las dimensiones del aprendizaje y sus 4 estilos, según Kolb

Pero no es por esto por lo que traigo a nuestro amigo Kolb hoy aquí, sino por la relación que existe entre el ciclo que describió mediante las cuatro fases ya mencionadas y la planificación de tareas en el aula: serán mucho más eficaces para lograr un aprendizaje significativo aquellas tareas que programemos teniendo en cuenta esta secuencia. Y no sólo eso, sino que, además, con este tipo de secuenciación tocamos la totalidad de estilos de aprendizaje que pueda haber en el aula.

¿Cómo hacerlo? A continuación, propongo un modelo de adaptación al ciclo de Kolb de cualquier tarea (otro día entraremos en la diferenciación entre tareas y actividades) que programemos:

  • FASE 1: Realización de una experiencia de forma inmediata, que puede ser manipulativa o simplemente sensorial o emocional.
  • FASE 2: Reflexión sobre la experiencia realizada o experimentada, desde distintos puntos de vista, de forma que establezcamos relaciones de causa – efecto entre dicha experiencia y los resultados o consecuencias verificados.
  • FASE 3: Extracción y formación de conceptos abstractos, de carácter amplio y generalizado, que superen el contexto concreto de la experiencia anterior.
  • FASE 4: Aplicación práctica de los principios generados, usándolos como guía para resolver nuevos problemas y afrontar distintas situaciones, lo cual nos permitirá a su vez comprobar su validez y recomenzar el ciclo desde la Fase 1 (experiencial)
El Ciclo de Kolb
El Ciclo de Kolb

A modo de ejemplo:

  1. Proyección de una noticia o unas fotos relacionadas con un desastre ecológico
  2. Plantear preguntas sobre lo proyectado:
    1. ¿Qué ha ocurrido?
    2. ¿Por qué crees que ha ocurrido?
    3. ¿Cómo afectará a las personas involucradas en su vida?
    4. ¿De qué forma habría podido evitarse o paliar sus efectos?
    5. ¿Qué podemos hacer nosotros en este sentido?
  3. Debate en el aula con la aportación de las reflexiones individuales de los alumnos. El profesor puede animarlo introduciendo nuevos datos que ayuden a comprender mejor y orienten al alumno en su conceptualización.
  4. Realización de una actividad derivada de la fase anterior, que puede ser propuesta por los propios alumnos. En nuestro caso, los alumnos de sexto de primaria decidieron llevar a cabo una campaña de concienciación de sus compañeros acerca de la importancia del reciclaje y sus beneficios en nuestras vidas. Dicha campaña incluye la realización de juegos con material reciclado, cartelería, publicidad en redes sociales…

No hace falta que mencione la potencia transformadora de la realidad que subyace en este método, junto con la significatividad de los aprendizajes que antes mencionaba. Espero que alguno de vosotros se anime a ponerlo en práctica y nos cuente cómo le ha ido.

Francesc Torralba o la “pasión por educar”

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He tenido la suerte de asistir a la sesión formativa organizada por la Fundación Victoria que ha tenido lugar hoy (23 de enero) en el auditorio Edgar Neville, de Málaga, con Francesc Torralba como protagonista. En poco más de 90 minutos, ha desgranado lo que debe constituir el eje vertebrador de la Educación: la pasión del docente por ejercer su labor, por educar. La verdad es que me he pasado el tiempo tomando notas y apuntando algunas de sus impactantes frases. Así que, en lugar de hacer un resumen de la ponencia, comparto contigo algunas de esas frases. Espero que refresquen tu vocación y fortalezcan tu pasión por seguir educando como lo han hecho conmigo.

  • Al educador no lo definen los títulos sino la capacidad y la voluntad de educar.
  • La voluntad suele existir en un primer momento, pero si mengua el educando lo percibe.
  • Razones para el desencanto hay muchas. Busquemos los motivos para mantener viva la voluntad: tener claro el fin de mi acción, y que ese fin es bueno, es deseable.
  • El fin principal de mi acción docente debe ser ayudar a construir personas.
  • Cuando un educador transmite valores, está transformando el mundo.
  • La capacidad se adquiere fundamentalmente gracias a la experiencia.
  • Los depósitos de experiencia compartida son un estupendo recurso para los que aún no la tienen.
  • No somos escultores delante de una pieza de mármol estático: el educando es un sujeto activo, no pasivo.
  • Tenemos que empezar a hacer preguntas cuya respuesta no esté en Google.
  • Si el contexto cambia, el educando cambia y no cambia el educador, sobreviene el naufragio.
  • Lo esencial en la acción educativa es el encuentro.
  • Si no hay encuentro, sin intersección entre las burbujas del educador y el alumno, no hay acto educativo.
  • Lo que queda de ti es lo que das, y muchas veces lo das fuera del aula.
  • Si un educador solo tiene conocimientos, es una biblioteca.
  • Quién está plenamente presente en lo que hace, vive dos veces.

educador

Infografía: Los 5 elementos básicos del Aprendizaje Cooperativo

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Para celebrar las primeras 1000 visitas al blog, te dejo hoy una infografía (la primera que he hecho) sobre los 5 elementos básicos del Aprendizaje Cooperativo, aunque prometo dedicar un artículo más adelante a este asunto, con sugerencias para trabajar cada uno de ellos. El contenido es un mini resumen de lo que puede leerse sobre este apartado en el libro “El aprendizaje cooperativo en el aula“, del que hablé hace poco en un post anterior.

Pincha sobre la imagen para verla a tamaño completo ¡Espero que te sirva!

Cooperativo

¿Soy un profesor justo? Justicia social y docencia

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La pasada semana tuve ocasión de leer un artículo realmente apasionante, escrito por Miguel Stuardo: “¿Soy un profesor justo? ¿Soy una profesora justa? Algunas preguntas para la autoevaluación de la práctica docente desde la justicia social”. En él, Miguel enlaza la idea de justicia social con nuestra práctica pedagógica, analizando el impacto que dicha práctica puede tener en la comunidad donde trabajamos. Confieso que es un tema que me interesa desde hace tiempo, tal vez desde otro enfoque: ¿cómo evaluar sin que nuestra subjetividad influya en la calificación que damos a nuestros alumnos? La necesidad de cambiar de instrumentos y estrategias e, incluso, de la concepción habitual de la evaluación se me antoja incuestionable.Cloud 1-1

Pero dejemos esa cara del prisma a un lado y volvamos al tema que nos ocupa: ¿es posible ser un profesor justo? ¿Soy yo realmente un profesor justo?. Miguel nos plantea tres dimensiones desde las que analizarnos desde el punto de vista de la justicia social:

  • La distribución
  • El reconocimiento
  • La participación

De este modo surgen varios bloques de interrogantes que, a buen seguro, nos harán reflexionar. Los reproduzco a continuación:

a). ¿Soy justo/justa distribuyendo?

1. ¿La forma en que distribuyo la atención y el tiempo que dedico a los estudiantes es justa? ¿Dedico más tiempo a los que tienen más méritos (calificaciones más altas, por ejemplo)?¿Dedico más tiempo a quienes necesitan más ayuda? ¿Qué consecuencias provoco con esta decisión en los estudiantes con más méritos y lo que tienen menos méritos? ¿Cómo es mi relación con los estudiantes que han fracasado? ¿Cómo es mi relación con los estudiantes que tienen más meritos?

b). ¿Soy justo/justa en el reconocimiento?

2. ¿Reconozco como legítimas las identidades de todos mis estudiantes? ¿Hay estudiantes cuyas identidades no considero legítimas? ¿Mis opiniones sobre su identidad o rasgos de su identidad afectan mi desempeño hacia ellos y mi relación con ellos? ¿Considero que existen culturas superiores a otras? ¿Cómo afecta mi opinión mi relación con los estudiantes que pertenecen a culturas minoritarias?

c). ¿Soy justo/justa en participación?

3. ¿Quién ejerce la toma de decisiones acerca de los contenidos, el curriculum, las metodologías, la evaluación, los exámenes, las calificaciones? ¿Por qué? ¿Considero importante la participación de los estudiantes en la toma de decisiones que les afectan? ¿Cómo afecta la participación o la falta de participación el desarrollo y el aprendizaje de mis estudiantes? ¿Cómo afecta el sistema de participación actual las relaciones en el aula?

Las implicaciones que se derivan de las posibles respuestas son múltiples y muy variadas, casi infinitas. Lo importante, para mí, no es sólo reflexionar sobre nuestra praxis docente, sino también articular un modo de construir, desde esa praxis, un mundo más justo a nuestro alrededor. Parafraseando un conocido dicho, la suma de pequeños esfuerzos realizados por muchas personas produce grandes resultados.

Recomiendo la lectura del post completo aquí.

12 Ideas clave sobre Aprendizaje Cooperativo

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Me gusta aprovechar el tiempo de vacaciones para reflexionar sobre mi ser y mi saber hacer como docente, algo que, durante el curso, no puedo hacer con la asiduidad que desearía. Es por eso que acabo de terminar de releer “El aprendizaje cooperativo en el aula“, un libro imprescindible para todos los interesados en esta estrategia metodológica. Y digo releer porque, a pesar de su corta extensión, he tenido que leerlo dos veces para sacarle toda su esencia. Lo que me ha parecido realmente interesante es que, además de fundamentar el aprendizaje cooperativo y de aportar ideas muy sugestivas, la posibilidad de aplicar sus principios en el aula es absolutamente real. De hecho, ese es el objetivo principal de la obra (de ahí el título). Y eso es algo que descubrirás tú mismo si te decides a leerla. No obstante, he entresacado 12 ideas que, para mí, son clave en este tema y que pueden servirte si aún dudas sobre si implantarlo o no en tu aula. Ahí van:

  1. Aprender es algo que los alumnos hacen, y no algo que se les hace a ellos. Requiere la participación directa y activa de los estudiantes.
  2. El aprendizaje cooperativo es el empleo didáctico de grupos reducidos con el fin de que los alumnos trabajen juntos para optimizar su propio aprendizaje y el de los demás.
  3. El buen trabajo en equipo es el resultado de integrar las capacidades de cada miembro del grupo para realizar tareas que ningún miembro puede realizar por sí solo.
  4. Cualquier tarea didáctica, de cualquier materia y dentro de cualquier programa de estudios, puede organizarse de forma cooperativa.
  5. Agrupar a varias personas en la misma habitación y decir que eso es un grupo cooperativo no basta para que lo sea.
  6. No hay una única disposición del aula que satisfaga los requisitos de todos los objetivos y actividades de enseñanza, por lo que el docente deberá disponerla en forma flexible.
  7. Asignar roles a los alumnos es una de las maneras más eficaces de asegurarse de que los miembros del grupo trabajen juntos, sin tropiezos y en forma productiva.
  8. No nacemos sabiendo cómo interactuar correctamente con los demás; por tanto, el docente debe enseñar a los alumnos las destrezas o prácticas sociales requeridas para colaborar unos con otros y motivarlos para que las empleen.
  9. Hay que concentrarse en evaluar y perfeccionar los procesos de aprendizaje, en lugar de centrarse en los resultados.
  10. La observación sistemática de los grupos de aprendizaje cooperativo brinda al docente una “ventana abierta” a las mentes de los alumnos, proporcionándole más información sobre lo que saben y entienden los alumnos que las respuestas que dan en los exámenes o en las tareas “para casa”.
  11. El docente es el que guía la enseñanza en el aula y el responsable de crear las condiciones que hagan posible un óptimo aprendizaje.
  12. Implementar el aprendizaje cooperativo en el aula exige esfuerzo y disciplina. No es fácil. Pero vale la pena.

Yo me quedo con esta última. ¿Y tú? Para terminar, una imagen que resume todo lo anterior… O eso creo.

Castellers

De ruta por la innovación pedagógica… ¿Me acompañas?

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Torrecilla

¿Tienes a mano una mochila, calzado cómodo y ganas de disfrutar? Pues acompáñame: vamos a hacer una ruta por el sendero de la Innovación Pedagógica.

Antes de iniciar la ruta necesitaremos prepararla adecuadamente: algún plano topográfico de la zona, ropa y cazado adecuados, un tentempié ligero y, por supuesto, agua. Planificaremos el recorrido, teniendo en cuenta los desniveles a superar, la distancia a recorrer y el tiempo a emplear. Y ya sólo nos queda encasquetarnos la gorra, ponernos un poco de crema solar y… ¡hala, a andar!

Pues a la hora de innovar, de cambiar una metodología tradicional y alejada del interés de tus alumnos, deberás hacer exactamente lo mismo: reflexionar acerca del camino a recorrer, apoyarte en los mapas de aquellos que ya lo han transitado, prever los obstáculos que pueden surgir durante el mismo, llenar nuestra mochila de herramientas mediante la formación y los entornos personales de aprendizaje, y ponerte las gafas para ver las cosas desde un nuevo punto de vista.

Luego llega el momento de caminar. Empiezas la senda con entusiasmo, inundando tus retinas de un paisaje nuevo y llenando tus pulmones de aire limpio. Empiezas a pensar que ha sido una maravillosa idea eso de emprender la marcha. Como en tus clases: el uso de metodologías activas, la puesta en práctica del aprendizaje cooperativo, la realización de proyectos de aprendizaje basados en las Inteligencias Múltiples y los siempre espectaculares PBLs cobran forma de manera mágica, y tus alumnos se muestran motivados, se implican, aprenden…

Pero la pendiente se va haciendo más dura, más empinada. La senda, además, se vuelve difícil: hay barro, empiezas a sudar, y la barrita energética que te has tomado no parece que vaya a reponer las fuerzas que pierdes rápidamente. Así es, lo que al principio parecía estupendo, ya no lo parece tanto: te das cuenta de lo que cuesta cambiar las rutinas; aparecen obstáculos en los que no habías pensado, como la aceptación de las familias o los primeros resultados académicos; hay alumnos que aprovechan el cooperativo para “escaquearse” del trabajo individual; la clase parece una jaula de grillos; las familias te recriminan que no terminarás “el libro” (de currículo no entienden) a tiempo; incluso puede que también el equipo directivo te llame al orden (¿qué pasa en tus clases? ¡vaya desmadre!). Y no falta el compañero que te reconviene con el archiconocido “ya te lo decía yo…”

Volvemos al mapa, ¿seguro que estoy en el camino correcto? Es posible que te hayas desviado más de la cuenta, o que no hayas tenido en cuenta todas las observaciones de aquellos que ya lo recorrieron antes. O simplemente, que tu realidad sea distinta; es decir, que tu senda transcurra por otros montes, con otra orografía. Llega la hora de volver a examinar el terreno, de evaluarlo con ojos críticos. Tal vez quieras ver algún animal salvaje, o te canse pisar siempre las mismas piedras. No queda más remedio que salirse un poco de la ruta, subir a ese picacho cercano y tomar algo de perspectiva. Para ver cosas diferentes, tendrás que hacer cosas diferentes. Y entonces, ocurre el milagro: ¡empiezas a dibujar tu propio mapa! No partes desde cero, sino que ya había mapas que podían guiarte, pero corriges el desnivel, marcas nuevos hitos, dibujas nuevas sendas que conectan con la principal, empiezas a ver lo que estaba más allá de los árboles que bordean el camino: una cabra montés, un zorro, un rincón mágicamente bello…

En tus clases, empiezas a aplicar la metodología que se adapta a tus alumnos, a tu contexto. Evalúas aprendizajes y desempeños, pero no etiquetas a nadie, sino que ayudas a mejorar. Y empiezas a ver resultados que no esperabas, o que no habías vislumbrado hasta ahora. Lo que más te asombra es, quizá, la respuesta de aquellos alumnos por los que nadie había apostado antes y los que presentan necesidades educativas especiales.

A estas alturas, y a pesar de la pendiente, del esfuerzo, ya estás gozando plenamente el paseo. Y cuando te parece que ya estás preparado para todo, de repente, llegas a la cima. ¡Precioso paisaje! ¡Qué maravilla haber llegado hasta aquí! Los alumnos ahora sí están motivados, tu relación con ellos se construye no desde el autoritarismo, sino desde el acompañamiento; compruebas que están aprendiendo mucho mejor y más rápido de lo que lo hacían antes; disfrutas con tu trabajo plenamente. Pero…

¿Ya está? No, ahora te das cuenta que el sendero sigue más allá de lo que parecía ser el final. Has llegado a una cima, pero te queda toda una cordillera por recorrer, toda una colección de paisajes distintos por descubrir. Y es que la innovación deja de serlo cuando te paras. Si te comprometes a buscar siempre lo mejor para tus alumnos, no podrás parar de caminar, de descubrir, de inventar. Porque tus alumnos cambian todos los años, y lo que hoy te ha funcionado, mañana ya no te servirá. Tendrás que seguir formándote, adaptando tus metodologías, autoevaluándote, mejorando tu desempeño…

Al final caes en la cuenta que lo interesante es el camino, la ruta, el disfrutar del paisaje cambiante, y no la llegada. Como un montañero que revisa sus botas, busca nuevos mapas, encuentra nuevos compañeros de ruta, carga su cantimplora con agua fresca y marcha en busca de otras cimas que conquistar.

Bienvenido a la senda de la Innovación Pedagógica. ¡Disfruta el camino!

¿Eres un agente de cambio? 6 pistas para saberlo

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Cuentan que una lechuza, desfalleciendo de sed, llegó por azar hasta una jarra situada sobre un balcón. Con pena, comprobó que el bajo nivel de agua contenida en la misma no estaba a su alcance. Sin embargo, lejos de desanimarse, fue arrojando con el pico una piedra tras otra en el fondo de la jarra, hasta que el agua subió lo suficiente como para poder beber y salvar su vida. Esta sencilla fábula me trae a la mente la situación que vive hoy la Educación en nuestro país. Políticos, padres y, sobre todo, profesores, nos quejamos continuamente del escenario educativo actual, pero pocos hacen realmente algo por mejorarlo, y en lugar de poner su grano de arena para “elevar el nivel del agua”, se tiran los trastos a la cabeza mutuamente. ¿He dicho “pocos”? En realidad, un número creciente de educadores se va sumando a una corriente que empieza a dar sus frutos y que se manifiesta con fuerza creciente: la corriente del cambio educativo, de la que ya se ha comentado en este blog.

Pero hoy quisiera centrarme en sus actores: los agentes de cambio; o lo que es lo mismo, los que con su trabajo diario lo hacen posible en las aulas. ¿Eres tú uno de ellos? Porque aunque todos, estoy seguro, desempeñamos nuestra labor con la mejor de las intenciones, no siempre estamos construyendo un futuro mejor. A continuación, te muestro 6 pistas de lo que significa ser agente del cambio educativo:

  • Pone el acento no en lo que quiere enseñar, sino en lo que sus alumnos deberían aprender. Y, desde luego, no es lo mismo. Ello supone una perspectiva muy distinta. El profesor deja de ser el centro de la clase, y el protagonismo pasa a los alumnos. Para conseguirlo, presta mucha atención, escucha, capta las señales que, continuamente, le lanzan estos últimos, y a partir de ahí, va deconstruyendo y reconstruyendo el currículum.
  • No evalúa resultados (o, cuando menos, no se centra únicamente en estos), sino procesos. Para conseguirlo, utiliza nuevos instrumentos de evaluación: rúbricas, portfolios, listas de cotejo, tablas de verificación, dianas… ¿Cuántas veces hemos dicho lo importante que es el trabajo diario… y terminamos poniendo una nota en función de un examen? Ya sabemos cómo estudian nuestros chavales: memorizan todo lo que pueden, según su capacidad, y lo vomitan en la prueba escrita, u oral, que culmina la unidad. Y ¿después qué? Pues sólo hay que echar un vistazo a las evaluaciones inciales de muchos centros para comprender que ese “aprendizaje” ha sido muy efímero.
  • Se adapta al mundo que le rodea. Y ese mundo está plagado de información instantánea, servida a través de dispositivos móviles, de herramientas digitales colaborativas, blogs, wikis, plataformas virtuales de formación, MOOC, etc. Y aprovecha todo esto para contribuir a un aprendizaje activo por parte de sus alumnos. El aprendizaje significativo, social, constructivista… todos esos apelativos cobran hoy su máxima expresión gracias a las TIC y a esas herramientas digitales.
  • Sin embargo, no lo fía todo a la tecnología: reflexiona, trabaja en equipo y produce materiales nuevos, programa de forma eficiente sus clases, se forma, busca nuevas estrategias, está conectado a diversas redes de profesorado, no se conforma con saber “de lo suyo”, sino que está abierto a otros campos del saber. En suma, no se queda estancado: el mundo tampoco se detiene y continúa ofreciendo alternativas a cada paso.
  • Aprende de sus errores y sus fracasos, se evalúa y no tiene miedo de ser evaluado, de mostrar su trabajo, de equivocarse. Porque del error nace la mejora. Si obtiene un mal resultado, busca las causas, analiza la información que tiene a su alcance y pone los medios necesarios para perfeccionar y optimizar su trabajo.
  • Se da cuenta que la interacción es positiva. Por tanto, no sienta a sus alumnos en filas de a uno, sino que busca agruparlos para que trabajen de forma cooperativa, con metas comunes y con un guión estructurado en el que cada cual tenga asignada su tarea.

Si cumples con estas premisas, o al menos, cuatro de ellas, puedes decir con tranquilidad que tú sí eres un agente de cambio. Y si no, espero haberte convencido para que te sitúes en el camino que te lleve hasta allí.

¡Suerte! Merece la pena.