cambio educativo

De ruta por la innovación pedagógica… ¿Me acompañas?

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Torrecilla

¿Tienes a mano una mochila, calzado cómodo y ganas de disfrutar? Pues acompáñame: vamos a hacer una ruta por el sendero de la Innovación Pedagógica.

Antes de iniciar la ruta necesitaremos prepararla adecuadamente: algún plano topográfico de la zona, ropa y cazado adecuados, un tentempié ligero y, por supuesto, agua. Planificaremos el recorrido, teniendo en cuenta los desniveles a superar, la distancia a recorrer y el tiempo a emplear. Y ya sólo nos queda encasquetarnos la gorra, ponernos un poco de crema solar y… ¡hala, a andar!

Pues a la hora de innovar, de cambiar una metodología tradicional y alejada del interés de tus alumnos, deberás hacer exactamente lo mismo: reflexionar acerca del camino a recorrer, apoyarte en los mapas de aquellos que ya lo han transitado, prever los obstáculos que pueden surgir durante el mismo, llenar nuestra mochila de herramientas mediante la formación y los entornos personales de aprendizaje, y ponerte las gafas para ver las cosas desde un nuevo punto de vista.

Luego llega el momento de caminar. Empiezas la senda con entusiasmo, inundando tus retinas de un paisaje nuevo y llenando tus pulmones de aire limpio. Empiezas a pensar que ha sido una maravillosa idea eso de emprender la marcha. Como en tus clases: el uso de metodologías activas, la puesta en práctica del aprendizaje cooperativo, la realización de proyectos de aprendizaje basados en las Inteligencias Múltiples y los siempre espectaculares PBLs cobran forma de manera mágica, y tus alumnos se muestran motivados, se implican, aprenden…

Pero la pendiente se va haciendo más dura, más empinada. La senda, además, se vuelve difícil: hay barro, empiezas a sudar, y la barrita energética que te has tomado no parece que vaya a reponer las fuerzas que pierdes rápidamente. Así es, lo que al principio parecía estupendo, ya no lo parece tanto: te das cuenta de lo que cuesta cambiar las rutinas; aparecen obstáculos en los que no habías pensado, como la aceptación de las familias o los primeros resultados académicos; hay alumnos que aprovechan el cooperativo para “escaquearse” del trabajo individual; la clase parece una jaula de grillos; las familias te recriminan que no terminarás “el libro” (de currículo no entienden) a tiempo; incluso puede que también el equipo directivo te llame al orden (¿qué pasa en tus clases? ¡vaya desmadre!). Y no falta el compañero que te reconviene con el archiconocido “ya te lo decía yo…”

Volvemos al mapa, ¿seguro que estoy en el camino correcto? Es posible que te hayas desviado más de la cuenta, o que no hayas tenido en cuenta todas las observaciones de aquellos que ya lo recorrieron antes. O simplemente, que tu realidad sea distinta; es decir, que tu senda transcurra por otros montes, con otra orografía. Llega la hora de volver a examinar el terreno, de evaluarlo con ojos críticos. Tal vez quieras ver algún animal salvaje, o te canse pisar siempre las mismas piedras. No queda más remedio que salirse un poco de la ruta, subir a ese picacho cercano y tomar algo de perspectiva. Para ver cosas diferentes, tendrás que hacer cosas diferentes. Y entonces, ocurre el milagro: ¡empiezas a dibujar tu propio mapa! No partes desde cero, sino que ya había mapas que podían guiarte, pero corriges el desnivel, marcas nuevos hitos, dibujas nuevas sendas que conectan con la principal, empiezas a ver lo que estaba más allá de los árboles que bordean el camino: una cabra montés, un zorro, un rincón mágicamente bello…

En tus clases, empiezas a aplicar la metodología que se adapta a tus alumnos, a tu contexto. Evalúas aprendizajes y desempeños, pero no etiquetas a nadie, sino que ayudas a mejorar. Y empiezas a ver resultados que no esperabas, o que no habías vislumbrado hasta ahora. Lo que más te asombra es, quizá, la respuesta de aquellos alumnos por los que nadie había apostado antes y los que presentan necesidades educativas especiales.

A estas alturas, y a pesar de la pendiente, del esfuerzo, ya estás gozando plenamente el paseo. Y cuando te parece que ya estás preparado para todo, de repente, llegas a la cima. ¡Precioso paisaje! ¡Qué maravilla haber llegado hasta aquí! Los alumnos ahora sí están motivados, tu relación con ellos se construye no desde el autoritarismo, sino desde el acompañamiento; compruebas que están aprendiendo mucho mejor y más rápido de lo que lo hacían antes; disfrutas con tu trabajo plenamente. Pero…

¿Ya está? No, ahora te das cuenta que el sendero sigue más allá de lo que parecía ser el final. Has llegado a una cima, pero te queda toda una cordillera por recorrer, toda una colección de paisajes distintos por descubrir. Y es que la innovación deja de serlo cuando te paras. Si te comprometes a buscar siempre lo mejor para tus alumnos, no podrás parar de caminar, de descubrir, de inventar. Porque tus alumnos cambian todos los años, y lo que hoy te ha funcionado, mañana ya no te servirá. Tendrás que seguir formándote, adaptando tus metodologías, autoevaluándote, mejorando tu desempeño…

Al final caes en la cuenta que lo interesante es el camino, la ruta, el disfrutar del paisaje cambiante, y no la llegada. Como un montañero que revisa sus botas, busca nuevos mapas, encuentra nuevos compañeros de ruta, carga su cantimplora con agua fresca y marcha en busca de otras cimas que conquistar.

Bienvenido a la senda de la Innovación Pedagógica. ¡Disfruta el camino!